Arrinconado en su celda, el preso, la cabeza caída y los brazos sobre el pecho oprimido, trata de contener la ira con el corazón bajo un derrumbe. Ya debe ser primavera. ¡Con qué facilidad llegan los recuerdos en este tiempo fuera, como si los trajera la brisa! Pero el aire es pesado en la celda. A duras penas consigue su respiración entrecortada mitigar el dolor infligido a su pecho, ¿por el pensamiento?

Pero, ¿cómo no pensar? Pensar siempre le había ayudado. En verdad solo el aprendizaje tenía. De todo lo que la vida prometía, las cosas aprendidas eran lo único cierto, lo único que aún podía dar alguna satisfacción.

Fue tan pronto cuando entró, que poco tiempo tuvo de conocer más que esto. Si había más o no, ya no lo sabía seguro. Antes estaban los padres; ahora ya no, lo que a veces le hacía dudar de si alguna vez habían existido.

De este dudar regresaba con vergüenza de sí mismo. ¿Es que acaso no habían sido para él y aún eran, lo más querido? Como se habían querido ellos, hasta el día en que les separó lo único que les podía separar. Si entendía poco del mundo, y nada de la normalidad, sería por lo poco que encajaba en ellos, así que nunca cedió al chantaje de la realidad, por mucho que ésta le acusara de pedir lo imposible. El recordaba bien que esto fue. Antes de que la gente se volviera loca, antes de venir aquí, esto fue. Y fue que ellos nunca dejaron de quererse ni nadie abandonó a nadie, ni un solo día. Y eso nada lo cambiaría, ni siquiera la muerte, ni él mismo aunque alguna vez en la enfermedad o en la locura lo olvidase, podría cambiarlo.

Aún así, había de reconocer a su pesar que la duda hacía tiempo que entró en su vida, y que él mismo había sido el conductor de ese tren fantasmal que atravesaba su mente a veces haciéndole creer simplemente invisible e insignificante. Habría querido no estar en sí mismo, pensando que ni a ellos les importaba.

Era cruel. Sí que lo era. Pero solo un niño al fin y al cabo. ¿Cómo decirle a la mente que no piense? Quizá, si ya se sentía solo fuera porque verdaderamente lo estaba, y no se podía culpar al pensamiento. Pero lo de ahora, juraría que ya no era pensar; era algo que venía solo, sin necesidad de pensarlo, y aun en contra del pensar. Ya eran las veces que se había dicho que no había que darle importancia aquello, que no tenía sentido, que no podía ser. Y por más que lo pensaba, el dolor venía solo, por la misma ruta que llegó las otras veces. Muy malos tragos había pasado en su vida, y éste pensó que era más de lo que una mente podía soportar. Sentía cómo le empujaba al borde, y eso le llenaba de un indefinible espanto, que no se atrevía a mirar de frente, volviéndose de nuevo al dolor. Pensaba en cómo otras veces se había recuperado, creyendo también que sería el final, y entonces le asaltaba la duda de si en realidad no había estado empeorando con cada nuevo golpe de la vida, haciéndose más y más vulnerable.

¿Quién había que se lo pudiera asegurar? Con pocas personas y pocas veces hablaba. De lo que pudiera ser la normalidad nunca tuvo noción, por eso no podía saber si era él el que estaba juzgando injustamente los hechos. Los hechos en todo caso, eran lo que le parecía injusto, puesto que no podía ni quería sentir rencor. Y aún así, algo de esto necesitaba para no volver a caer. Reprochaba en su interior la ligereza con que había sido tratado, por más que ésta fuera simplemente inocencia, carente de maldad.

Maldita inocencia. ¿Es que no era él también inocente? Ni si quiera sabía a ciencia cierta el motivo de estar allí. Tanto tiempo sin comprender le llevaba al olvido. Los que le enviaron sabrían por qué. Ellos tenían que saberlo, y si a ellos preguntara seguro que entenderían lo que él no podía entender, porque eran gentes normales, igual que ella. De hecho, la una y los otros se parecían, solo que ella era inocente. Nada malo había querido para él, ni nada malo quería él que le pasara. Como que alguien la odiara. No se lo merecía, y menos de él.

Mala suerte. Había sido solo eso, fatalidad. A ella nadie le había explicado esto, y quizá él fuera un caso raro. Debía de serlo porque a fin de cuentas era ella la normal. Siempre había sido tan amable con él, que todo esto debía formar parte del trato correcto y previsible para cualquier otro preso. La respetaba tanto, que nunca se hubiera atrevido a consultar a otros sobre el asunto, ni tenía la confianza suficiente para preguntarles por el carácter de su correspondencia. Por otra parte, temía que le pudieran encaminar a pensar mal de ella, fuera error o fuera acierto.

Ella era muy indulgente, muy comprensiva hacia su aparente rudeza, debiendo intuir que el aislamiento no favorecía la delicadeza de trato. Era compasiva, y plenamente ignorante del sufrimiento que causaba. Debía vivir en comparación, en la pura felicidad, siempre rodeada de personas que la querían y admiraban. Desde el primer escalón del calor protector hasta el último peldaño de la pasión recorrería a diario toda la escala de los afectos. No le costaba entonces al preso reconocer la simple regla de economía que gobierna los vínculos humanos, la que ordena finalmente la posición de cada uno en la sociedad. Y llegado a este punto, siempre se preguntaba: ¿desde cuándo los ricos se juntan con los pobres?

Todas las palabras buenas que ella le había escrito, ahora más que nunca se le figuraban de una cortesía hueca, porque entre una y otra expresión de cercanía, obraba la distancia que ella y solo ella mantenía. Ni una sola visita, ni tampoco una constancia, a pesar de las muchas afirmaciones de afecto y de lealtad que había podido leer en sus cartas. Eran estas palabras lo que dolían más que nada. Si se hubiera limitado a enviar una carta cada cierto tiempo, el suficiente para sostener su ánimo en la reclusión, no habrían hecho falta para nada esas afirmaciones. Nada más lejos de su intención que mendigarle a un rico, sabiendo con quién se gastan ellos su riqueza. Y era rica por cierto, tanto como lo sugerían su inconstancia y su inocencia, y la alegría con que trayéndole las sobras, le declaraba merecedor del banquete entero. ¡Qué fácil es dar lo que nos sobra!, ¡hasta podemos permitirnos sentirnos magnánimos, superfluos, y coquetear con el mundo!

¿Sería esto lo que le había pasado a Raquel? De ella dato personal solo tenía este nombre o pseudónimo con que firmaba sus cartas, porque a decir verdad, ella nunca le habló de nada personal, salvo lo mucho que él le agradaba como persona y lo que disfrutaba con el carteo, a lo que él nunca respondió. Desde el primer mes de su correspondencia, en que llegaron cinco cartas casi seguidas, desde su primera carta, sabía el preso que iba a terminar por hacerle más daño del que nunca sintió. Lo sabía. Le había estado haciendo leer entre líneas desde el primer momento, y lo que es peor, seguramente sin tener conciencia de ello. Como también preveía cuál iba a ser su lógica temporal: ninguna. ¿La extensión de sus cartas? Muy desigual. En el tono y el contenido, lo mismo. Todo dependía de cómo administrara ella el sobrante, el excedente de su tiempo normal. ¡Qué harto estaba de calcular todo esto, haciendo lectura sobre lectura! Había supuesto que más allá del caos de la existencia bajo las condiciones del presente, deberíamos al menos conservar el derecho de saber quién es quién en nuestra vida. En tales circunstancias, los vínculos podrían quedar en suspenso, como nuestra oportunidad de profundizar en ellos, sin que ello afectara a nuestra capacidad racional para reconocerlo y llamar a cada cosa por su nombre, incluso si éste es el de “no puede ser”.

El “quién es quién” no existía para el preso, por eso era imposible para él formarse un juicio justo, saber si estaba en lo cierto en sus suposiciones. Tal vez el trato de ella fuera el correcto, y el mal solo estuviera en cómo él lo interpretaba. Se enredaba pensando hasta agotarse. Gastaba su tiempo en todo esto sin poder concentrarse en nada, mientras ella seguía su vida sin perder un minuto por encima de su tiempo muerto, que nunca se sabía cuándo sería. Lo mismo pasaban dos días que noventa y cuatro, como ahora, de manera que ayer parecía una prioridad, y hoy estaba en el último lugar.¡Cómo hubiera querido el preso tener esa versatilidad!, ¡poder planear así sobre la superficie de un abismo sin caer nunca en él!

Raquel se las había arreglado para no mentir. De eso estaba él seguro, y no podía acusarle de haber sido engañado. Lo que escribía procedía de una intimidad espontánea, que sin duda tenía que ver con cierto reconocimiento de su esencia personal. El por qué no había querido profundizar en ella se le escapaba. Parecía estar deseando verle, pero no. Su dicha de conocerle así debió ser tan perfecta, que nunca hizo nada para conocerle mejor.

Sospechándolo desde el principio quiso hacer de tripas corazón y dejarle hablar, tratar de olvidar para no ilusionarse entre carta y carta. Si había soportado hasta aquí el estar solo, no había esto de ser obstáculo. El problema era entonces cómo no pensar en lo que afecta a los sentimientos de uno, si en el momento en que empezaba a reconciliarse con su aislamiento y a disfrutar de la luz que le llegaba de los recuerdos o de la letra muerta, recibía otra carta, como si fuera la primera, seguida de una nueva espera, en la que nunca sabía si la dilación era culpa de algo que él había hecho mal.

Le resultaba inevitable no pensar, y no preguntase por qué unas veces estaba tan cerca y otras se alejaba. Era como si algo superior a su voluntad la mantuviera apartada, pero ¿qué podía ser que no estuviera en ella misma? Si nunca dio una explicación es que nunca existió intención de salvar esa distancia. Y sin embargo, el recorrido estaba ahí, en el diálogo que mantenía a través de las cartas.

Un mismo sentir acerca del mundo les había llevado a defender la misma idea, antes para él desconocida: la negación de todo lo que supusiera la jerarquía, con la represión del ser auténtico y su reemplazo por un ser ficticio, hecho para la aceptación de los abusos. Si ella le había guiado a través de este campo de conocimiento sembrado de obras inmortales, si le había acompañado hasta aquí disfrutando de cada avance que él le compartía, ¿por qué no iba a poder ver en su verdadero ser?

Estaba seguro de que algo había podido ver, algo sí. Y esta medida de reconocimiento y comprensión había traído consuelo a su existencia, y coraje para soportar. Ella había sido una llama en la oscuridad, portadora de sentido y del reflejo de sí mismo, de su propia identidad. Todo esto se lo agradecería de por vida, porque era realidad, no sueño. Con esto quería conformarse, porque esto era ya más de lo que tuvo en toda su vida. Sus cartas vendrían a ser su luz, su aire, su libertad. ¡Si tan solo hubiera sido más constante! Pero pasaban los meses, y sus cartas llegaban sin ninguna regularidad, y así sería hasta que dejaran de llegar, ¿o no era lógico pensar esto?

De haber estado retenidas, luego le habrían sido entregadas juntas. No era así. Raquel parecía escribir solo cuando se acordaba, que desde hacía mucho no era pronto, por mucho que asegurara ser feliz escribiéndole. Eso tampoco se podía negar. Ni aceptar. Cada carta parecía escrita ignorando la anterior. Las unas no sabían de las otras. En cambio todo el carteo en conjunto le creaba a él un sentimiento de apego inquebrantable, que en Raquel no daba muestras de aparecer nunca, a pesar de sus palabras. Por el contrario, daba la impresión de volver al punto de partida, como si acabaran de conocerse. Entonces sus buenas palabras equivalían a un “encantada de conocerte” que solo venía a hacer más dolorosa la distancia.

Se sentía ridículo y quebrantado, sin saber qué contestar. Si le hubiera preguntado si se acordaba de haber dicho esto o aquello, nunca se hubiera acordado. Ya había intentado encargarle que le trajera algún recuerdo de fuera o había tratado de que ella le contara algo de su vida, de la suya, comprobando que claramente nunca lo haría. No obstante, era tanto lo que sus cartas suponían para él, que el irse y volver como desconocida le dejaba hueco por dentro, con la sensación de haberla perdido muchas veces. Y ya no podía soportar ese duelo continuo, esta montaña rusa en que le mantenía. Eran sentimientos familiares los que le cercaban. Los conocía de hacía mucho. ¡Cuántas veces le había enterrado! Pero la viva se llevaba a la muerta lejos de allí, para más tarde traerla de nuevo ante él, y ya no había forma de saber quién era, qué era ella. Por eso tenía que romper el silencio que estaba creando en torno a él, que era un silencio distinto al de la paz de la vida en soledad, porque le hería y le helaba la sangre, porque estaba hecho de ausencia, y ¡qué penoso era pensarlo!, de abandono.

Había que ponerle fin, sin reprocharle a ella nada, ya que no existía ninguna mala intención por su parte. Consideró el preso que era importante que lo supiera, aunque le juzgase mal por ello, aunque se enfadara y dejara de escribirle. Más le valía que fuera así a soportar aquello, y tomó la determinación de explicárselo en una carta, en contra de las voces que desde la conciencia seguían disuadiéndole, exigiendo prudencia para evitar males mayores. A estas alturas, no creía ya ser tan importante en su vida como para causarle daño. Escribirle serviría para que al menos una vez ella pudiera ponerse en su lugar. ¿No era un regalo lo que le estaba haciendo? Dar conocimiento a cambio del conocimiento. Esto es lo que logró escribir, pese al estado de agotamiento y confusión en que se encontraba:

“Escucha, Raquel, como tú sabes escuchar fuera de estos muros, los de piedra, y los del papel. No he visto el momento de superarlos. Aunque creo que esto hubiera sido más fácil para ti. Pero no te culpo. Puede ser que tu prisión sea peor que la mía, no sé cómo vives ni de quienes de rodeas, pero que sepas que me alegro de esas cosas y personas que llenan tu vida y deseo que sigas siendo feliz. Ha pasado mucho tiempo antes que me decidiera yo a escribir esto por no atreverme a poder ofenderte o dañarte.

Te agradezco el hueco que me has hecho en esa vida tuya, sea más o menos grande, que nunca lo sabré. ¡Tienes que creerme! Nunca he querido más de lo que se les da a los presos en las cartas, ayuda moral de cuando en cuando. Sé lo que estarás pensando, que estoy solo, que soy hombre, que en mi cabeza todo se confunde. No, Raquel. Aunque lo hubiera hecho así, seguiría sin exigirte más de lo que es justo. Sin culparte de nada te pido solamente coherencia. Te disculpo de todo lo que te impida sostener una frecuencia en tus cartas, pero si no puedes hacerlo así, no lo hagas, Raquel, porque es peor para mí pensar que tengo un apoyo donde no lo tengo, o incluso que tenía una amistad cuando no la tenía. No me digas palabras de elogio o de aprecio porque no hay donde cogerlas en el vacío en que me dejas. No vengas si no puedes, pero tampoco me hagas ilusiones.

Mira. Si he sido yo el que las hice, te prometo que no puedo dejar de hacerlo. Si soy injusto, y pido lo imposible, lo hago de forma tan inconsciente que no me doy cuenta. En ese caso será porque no doy para más y te suplico que ya no respondas, porque no quiero seguir igual, esperando que mantengas algo, lo que sea, por poco que sea, que de un poco de firmeza a mi existencia.

Muchas veces he querido imaginar qué es lo que nos separa, pero no te puedo juzgar, y solo tengo los hechos. Tenía que comunicarte cómo los veo yo desde mi posición, que creo que debe ser diferente de la tuya cuando no te das cuenta de lo que está pasando por mi mente. No te exijo que seas más de lo que quieras para mí, pero no esperes de mí respuesta de libre, porque te recuerdo que no lo soy. No puedo darte la espalda y hablar con otros si tú me ignoras, y no puedo olvidar la afinidad que a pesar de todo existe entre nosotros. Yo no puedo elegir. Y eso es lo que de verdad necesito. Igual que tú has hecho ya tu elección, y has decidido en cada momento a qué y a quién lo ibas a dedicar, sin siquiera sentir la obligación de escribirme, aunque fuera por ética. Yo también quiero ser libre, Raquel, sino de cuerpo al menos de mente, así que si de verdad me aprecias en algo, si respetas el ideal, ayúdame a ser libre. Adiós o hasta nunca, lo que tú quieras, pero ya no más así. Hagas lo que hagas tienes mi amistad. Quedamos en paz.”

Estuvo el preso nervioso, esperando el momento en que finalmente se llevaran su carta los funcionarios. La había escrito aprisa, sin mirar mucho el lenguaje, y tenía miedo de haber sido muy duro con Raquel. Es lo que más temía, dañar en algo su felicidad. Ella había sido feliz hasta entonces; nunca había dejado de tratarle bien a pesar de que su educación, entre rejas, no era perfecta. Pero ahora se trataba de reclamarle algo, ¡a alguien que se había tomado la molestia de ayudarle sin conocerle!, ¡y que pudiera pensar que esto era un reproche! Se preguntaba a sí mismo con qué derecho y qué le reprochaba, ¿que era feliz, independiente, libre?, ¿no era egoísmo por su parte reprochar eso?, ¿y por qué no habría podido resistir su forma de obrar? Ya que el daño estaba hecho, no tendría ya sentido interferir en la vida de alguien tan valioso a quien debía y estimaba tanto, y aunque él no era feliz, aún podría serlo a través de ella. Acaso fuera esta la única forma en que la vida le dejara serlo.

Aún estaba a tiempo de retirar su carta aunque ya se la hubieran llevado mientras hacía esta reflexión, pero estaba tan cansado que no pudo hacer nada más que bloquearse y dejarlo ir. Allí iba su pensamiento sincero, necesitaba expresarlo y no había nadie en quien confiar. Y así se convenció de que había hecho algo que podría ser equivocado pero en todo caso era lo que tenía que suceder. La carta salió sola, de una situación intolerable, nada más. Ahora vendría otra espera, pero la respuesta esta vez sería nueva. Eso si es que había respuesta. El no responder habría sido un modo bien cruel de terminar el carteo. Pero no fue esto lo que ocurrió. La indiferencia tomó otro camino, más largo, más penoso, con muchas cuestas y bajadas, el camino trillado que había seguido desde el inicio, el más engañoso. Sus cartas llegarían, sin conocerse las unas a las otras, ignorantes de su advertencia. Hasta que preguntaran un día por qué no había respuesta del preso.

¿Podía ser? Este se esforzaba por acertar dónde estaría la carta, y solo recordaba risas. Risas. Pero ya no podía saber si se lo había figurado.

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