El trabajo de muchas décadas de la autodenominada “izquierda democrática” para desprestigiar al socialismo y a sus organizaciones denunciándolas de ser engendros totalitarios, ha arraigado profundamente en las sociedades en que el movimiento obrero prosperó. Las publicaciones, eventos y figuras financiadas desde los 50 del siglo pasado por la CIA con este fin, lograron imponer unos patrones de pensamiento que son desde hace décadas dogma de académicos, intelectuales, e instituciones de formación e investigación, reproducidos desde la cultura y los medios de masa, y por último asimilados por los hijos de los obreros que se han socializado sin otra guía que ésta. Quien conozca un mínimo la historia del pensamiento, sabrá que esta baza intelectual que es el nihilismo viene de lejos, pero vamos a centrarnos en su ataque contemporáneo  y en concreto, en su ataque más significativo a la CNT, que tiene lugar en ese contexto ideológico creado por la parte americana de la Guerra Fría.

 

De todas las publicaciones proliberales directa o indirectamente relacionadas con la línea crítica promovida desde la CIA, en España habría que destacar al respecto Ni Dios, ni amo ni CNT, de Carlos Semprún, publicado en 1978. Este texto es un compendio de todos los argumentos tipo de la Guerra Fría cultural que venía de los Estados Unidos, en contra de todas las organizaciones obreras revolucionarias, incluidas las libertarias, a las que había que destruir a base de una identificación con el totalitarismo soviético y la rama autoritaria del socialismo. Estos argumentos son los mismos que hoy reaparecen ante la falsa disyuntiva de conservar CNT o deshacerse de la organización, que surge de nuevo en sindicatos inadmitidos ya o amenazados de disolución por los acuerdos del último Congreso de la CNT reformista. En ellos, la confusión entre lo liberal y lo libertario importada décadas atrás desde los países rectores del capitalismo internacional, puede atrasar aún más el trabajo de reorganización. En resumen, las ideas que conforman la crítica a CNT en el texto de Semprún, eran:

1.  Que la clase obrera sigue existiendo, pero que al aceptar su papel de consumidora en un capitalismo que le permite mejorar su situación mediante reformas, asume que la lucha por esas mejoras es función de las burocracias obreras. De ahí deduce que la clase obrera no es revolucionaria, al estar compuesta por individuos con intereses y anhelos distintos, que más ahora, con la terciarización y el retroceso del empleo industrial, que reunía a muchos obreros manuales en el mismo espacio de producción, ha perdido la solidaridad de clase. Se da por sentado entonces que no hay clase revolucionaria, y se predice que las huelgas eficientes serán espontáneas, sin ninguna mediación ni ideología, y que éstas van a terminar siempre en aumento salarial y conformismo. Implícita está la idea de que si no hay miseria, no hay asociación, y que si hay asociación, ésta viene a terminar en reforma y burocracia.

En contra de esta idea está la evidencia de que nunca ha existido ese paraíso perdido de los socialdemócratas, que incluso en el cortísimo periodo en que las economías de posguerra crecieron con más empleo y mayores sueldos, el ritmo de la producción seguía siendo frenético, las condiciones inhumanas y alienantes; condiciones que eran el reverso de una existencia vacía y sumisa, porque vivíamos solo para consumir y ser consumidos. Es posible que los obreros aceptaran este engaño, del que la represión y la desorganización fueron el complemento necesario, pero si lo hicieron, ya es hora de que despierten de su sueño, porque es una pesadilla; siempre lo fue, pero hoy más. Ya llevamos más de treinta años de neoliberalismo, y aún nos siguen diciendo que el movimiento obrero está muerto, que la clase obrera está muerta porque el trabajador supuestamente es feliz como está; no siente la explotación, no siente la miseria en que le está sumiendo la crisis capitalista, que es perpetua, una rueda de tortura con sus altos y sus bajos. Entonces hay que aguantarse con la situación de uno, porque el paro no se siente, la emigración forzada, no se siente, las jornadas de doce a veinte horas cada día, sin poder sacar los pies de la línea, y el trato vejatorio de los supervisores, entre muchas otras cosas, no se sienten... Claro. El consejo de no intentar liberar al esclavo porque se siente bien como está, es viejo como el mundo. Solo que ahora no necesitamos a los curas para predicarnos resignación, porque ya tenemos aquí a los profetas del fin del movimiento obrero. Fin del movimiento obrero, dijeron, pero fin del salariado y del modo de producción capitalista, de eso no dicen nada ni hemos visto nada, ni vamos a ver mientras no se reorganicen los trabajadores.

2. Según este texto, los partidos y los sindicatos son burocracias que hablan en nombre de los obreros, de modo que los intereses de clase son definidos por las burocracias obreras. Según este sofisma, los obreros que queremos la revolución somos burócratas que pretendemos decir a los otros lo que tienen que hacer, por eso tenemos que tragar con lo que quiera el patrón que los otros obreros quieran. Según él desempeñar el papel de vanguardia o guía de los otros es reconocer que la clase obrera no es autónoma, que necesita de pastores. Con ese concepto de autonomía, se pensará que el anarquismo va a surgir por generación espontánea, sin que haya nadie que se dedique a difundir el ideal. Evidentemente, si la clase obrera fuera autónoma y revolucionaria, no haría falta luchar por elevarla, porque ya habría hecho la revolución; pero precisamente porque no lo es, hay que luchar por que lo sea. Esta y no otra es la lucha de las luchas, que quienes están despiertos consigan transmitir a los otros la idea de la autoemancipación. ¿O acaso va a existir algún momento en la historia en que el anarquismo se realice sin comunicación, sin difusión, sin propaganda? No solo la clase obrera no es un todo homogéneo, no lo es la sociedad, pero al menos la clase sí puede ser un vínculo lleno de sentido revolucionario. Una revolución interclase, no hay que concebirla, porque eso sí que es imposible. Los socialistas diferenciaban clase y conciencia de clase. La situación objetiva y la percepción subjetiva, hay que ajustarlas, pero las clases entre sí, ¿qué ajuste tienen?, ¿se les puede transmitir valores humanos universales a los que tienen el poder de hacerte callar, de hacerte morir?, ¿hay diálogo con esta gente?, ¿se puede esperar de ellos la solidaridad que cabe esperar entre los obreros, que somos los que sentimos la presión física y psíquica de ser el estrato que soporta el peso de toda la pirámide social? Si recomponer la identidad obrera es difícil, lo otro es imposible. Por eso no hay otro camino que recomenzar el movimiento sobre una base de conocimiento social más alta, por eso es falsa la disyuntiva CNT o disgregación.

3. Dice el texto que la institucionalización del movimiento obrero fuerza a CNT a ser una central más del sistema o a desangrarse en tendencias opuestas, perdiendo el tiempo en luchas internas por el poder. De ser así, nunca sería un sindicato fuerte. Para Semprún, porque es una contradicción en sus términos, no se puede ser sindicalista y anarquista, de siempre hubo y habrá siempre lucha de tendencias, por eso según él, no es posible el anarcosindicalismo. Sin embargo, es por eso en realidad, que es posible el anarcosindicalismo. La ofensiva reformista, no solo en la CNT, sino en todo el movimiento obrero, ha sido y será una constante a la que las organizaciones revolucionarias han de saber hacer frente. Infiltraciones reformistas habrá en todos los grupos revolucionarios por pequeños y sectarios que quieran ser. Si lo que queremos es prevenir que no ocurran, no hay otra arma que el cultivo de la capacidad crítica de la militancia, nunca el adoctrinamiento, y nunca desde luego, la renuncia a organizarse.

Derivado de lo anterior, está la idea también expresada en el texto de Semprún de que las asociaciones eran el germen de las organizaciones, burocráticas por el hecho de serlo, como burócratas son aquéllas por ser germen. Esa historia de que habíamos pasado de asociaciones de apoyo mutuo a burocracias, puede llevar al supuesto de que llevando hacia atrás la organización, a un estadio de evolución anterior, acabamos con las burocracias. Y claro, si volviéramos a la edad de piedra como proponen los primitivistas, también habríamos acabado con las burocracias, y de paso, con toda la complejidad social del presente, pero el reto es precisamente no renunciar a ella y sí liberarnos no solo de las burocracias, sino también de las jerarquías, que como sabemos, aparecen en todos los grupos humanos, incluyendo los más pequeños. Lo que necesitamos no es una reducción de escala, sino un equilibrio que nos permita conservar lo mejor de los tiempos. Podremos simplificar todo lo que queramos las estructuras, siempre y cuando no se renuncie a la complejidad de la organización social; las estructuras sociales, como las tecnologías y todo lo inerte de la cultura, son expresión del orden colectivo, y la clave del progreso está en que ponerlos al servicio de la vida, y no al contrario. Las estructuras de CNT, tal como están formuladas en su normativa, fueron diseñadas para que el poder se ejerciera de abajo a arriba, y es a una militancia formada y capaz a la que corresponde hacer respetar estas normas. Aligeremos todo lo que podamos procedimientos y estructuras, hagamos comités rotatorios, colectivos, sin poder ejecutivo...pero en esencia, el problema está en el tipo de cultura y de militancia que logremos generar. Ninguna formación social es perfecta, tampoco una organización sindical; hay que seguir aprendiendo.

4. El argumento del sacrificio de la militancia a una organización muerta, dice que la organización ha quedado desconectada de la sociedad, y la falta de número lleva al sacrificio de los que quedan dentro a labores rutinarias, al tiempo que tiene lugar una reacción reformista, de reforzar a los comités e imitar a los otros sindicatos para tener más afiliación, de ahí la lucha por el poder y el debilitamiento crónico. Todo el tiempo se va en la rutina de sostener las estructuras: reuniones, plenos, sellos...y siempre igual. Mucho sacrificio a cambio de nada. La contrapartida al sacrificio es solo un carnet, dice Semprún. Según él en CNT no hay avance teórico, no hay imaginación, creatividad...no hay vida. Pero aquí está justamente el defecto que delata que la vida no la pueden poner las estructuras, la tienen que poner las personas, con su compromiso y con su humanidad. Cuando no hemos conseguido sostener una calidad mínima en la militancia, la organización no tiene conexión con la sociedad ni con ella misma. Nuestra misión en adelante ha de ser la de buscar con nuestras acciones recuperar la calidad humana y los vínculos sociales, la calidad del militante, eso por encima de todo, y que ésta sea nuestra mejor baza para crecer; y si hay que sacrificar algo, que sea la labor formal y rutinaria. Lo que se ha vivido en CNT es una inversión de los principios tolerada por la afiliación; esto puede suceder en cualquier grupo humano, por lo que no tiene sentido plantear una disyuntiva CNT o disgregación.

5. Semprún trató de atajar el recurso al pasado glorioso de la organización de esta manera. Según él, la CNT nunca fue anarquista, y la prueba está en la colaboración con el gobierno de la república y la represión sobre los cenetistas que se alzaron contra ella para defenderse de la represión comunista. Su argumento es que esto es así porque organización ya es burocracia. O sea, división entre comités y asambleas, entre secretarios y masa de afiliados, son fenómenos inseparables; los afiliados podrán rebelarse contra los Comités, pero nunca se rebelarán contra la idea de que haya comités. Y piensa que si la mayoría lo aceptó fue porque fueron más fieles a sus superiores (los cargos) que a la Idea, ¿por qué? Su respuesta es la “mística de la organización”.

Lo cierto es que si esto ocurrió no fue por la mística de la organización, porque a la organización también la traicionaron, traicionaron sus principios y sus normas. Ese dejarse llevar por los comités fue posible, eso sí, por la falta de preparación crítica de los afiliados. Y aquí habremos de reflexionar hasta qué punto puede la organización contrarrestar los hábitos de pensamiento de la sociedad capitalista. En esa batalla estamos, contando solo con la evolución lenta pero segura de la sociedad, y con lo que podamos hacer humanamente, que siempre es por encima de nuestras fuerzas y dejándonos la vida. No hay  ninguna mística, solo respeto a los seres humanos y su lucha, que no es una lucha por cosas muertas ni símbolos ni mixtificaciones, sino por la justicia y la libertad. Los verdaderos compañeros de lucha son cenetistas, no “ceneteros”; no están ahí por el poder, ni por ninguna contrapartida inmediata, sino por la solidaridad y por la realización del ideal libertario.

Cuando Semprún supone que la CNT se niega a disolverse tras la Revolución, esto lo deduce de su negativa a disolverse antes de la Revolución. No considera los acuerdos del Congreso de Zaragoza del 36, en que se exponía un concepto de comunismo libertario abierto a todas las posibilidades siempre y cuando los medios estuvieran en manos de los trabajadores, y en el que se habla del papel del sindicato tras la revolución, dejando bien en claro que el sindicato era tan sólo un medio, una herramienta, nada más, y no un elemento necesariamente presente en la sociedad revolucionaria.

6. Por último, sentencia, que una CNT que trate de compaginar otras formas de acción que no sean las estrictamente sindicales llevaría a tal saturación en la militancia que no podrían hacer nada. Si es así, ¿cómo se hizo ya antes en la historia?, ¿cómo se pudo compaginar la acción sindical con la cultural y la autogestionaria? Si ayer hubo militantes íntegros, que hacían un trabajo integral, no se entiende por qué razón iba a ser distinto ahora. Si nosotros como militantes individuales, podemos planificarnos para dedicar tiempo a estas tres formas de acción, para que no se resienta ninguna, ¿por qué no van a poder los demás?

Sentencia Semprún además, que no existe contacto directo entre trabajadores, que hay incomunicación de las diferentes profesiones, y contacto indirecto mediante plenos. No concibe que haya medios directos como la conferencia de militantes y otros. En la sociedad hay diferentes funciones, siempre las habrá, entonces hay que buscar medios para comunicar y compartir. Dice que la CNT no respetaría la autonomía de las colectividades agrícolas, y de ser así tampoco se respetarían la autonomía de las asambleas locales ni regionales, por una supuesta tendencia a la burocratización. Pero esto no depende tanto de la normativa o estructura, como de las formas de acción y de las modalidades de actividad que permitan la autoformación y el control crítico de las personas que componen la asamblea, es decir, del freno a la deshumanización, que no viene de la organización misma, sino de lo que la militancia hace de ella, socializada como está en el capitalismo.

7. Por último, ¿qué alternativa supone esta crítica?, ¿Qué ha sido de esto? Nombra  a los grupos autónomos antiautoritarios, y las manifestaciones espontáneas, y afirma que el individuo y no la clase, es el sujeto revolucionario, prediciendo que si la CNT sigue será reconvirtiéndose en plataforma de grupos de lucha anarquista. ¿De verdad son esos grupos desarticulados, vaciados de ideología y de conciencia de clase, los que van a renovar la actividad? Pues a juzgar por los más de treinta años de movimientos sociales y desorganización en grupos y en individuos, no se ve nada de esto, y sí una absorción de las luchas por parte del sistema: los ecologistas, los vecinales, las feministas, los pacifistas, etc.... y de ellos no ha sobrevivido nada a donde ir, ni nadie con quien hablar. Dice que estos movimientos son “el tejido vivo de las luchas sociales modernas”, cuando la verdad es que hoy en día las personas no tienen actividad, más que cuando salen a protestar por esto o aquello; no desarrollan un pensamiento o acción propios, no se articulan en grupos o federaciones de grupos. ¡Tejido precisamente es lo que no  tienen!

En este punto, ya queda clara la finalidad del opúsculo de Semprún, equiparar comunismo autoritario y totalitarismo de izquierda y CNT, haciendo generalizaciones como la de que  “el movimiento revolucionario organizado solo busca votos, influencia, clientelas, poder”.

Pero claro, si el dilema ya no es “o revolucionarios o nada” porque está la reforma y el pueblo se ha tragado el anzuelo, la revolución es imposible. Ya no solo no existe el movimiento obrero, es que no existe ningún movimiento revolucionario, tan solo la aceptación de las reformas del sistema. Por eso su conclusión de que solo existe una revolución permanente, que consiste en las reformas conseguidas dentro del sistema por la presión de los grupos antiautoritarios. Esto años antes de que Semprún se dedicara a pregonar que la democracia era imposible sin el capitalismo. Mientras, aquí quedó este texto y sobre todo, sus ideas, creadas para desmoralizar y desactivar la resistencia anarcosindicalista. No lo consiguió en su tiempo, y la muestra son las manifestaciones contra los Pactos de la Moncloa, que llegaron a movilizar a casi medio millón de personas, y tampoco lo conseguirá hoy, pero si este análisis ayuda a no repetir errores, allá va, a la reflexión.

 

Salud y anarquía

 

 

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